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Patología futbolera


Patología futbolera
Verónica Segura


Hace unos días sufrí la más terrible decepción. Caí en cuenta que el hombre, después de todo, es fiel. Sí, es monstruoso lo que digo, pero es así. De hecho, la mayoría están enfermos de monogamia, invadidos hasta la médula de su putrefacta lealtad. El homo sapiens- y lo de sapiens es una gentileza- se lleva al cisne y al pingüino entre las patas y está en la cima del cinco por ciento de las especies consagradas a… su “amor” (no estoy segura que el fútbol se pueda denominar como “pareja”). Tal parece que esta patología futbolera posee, según la ciencia, causas biológicas relacionadas con a una mayor cantidad de receptores de vasopresina a nivel cerebral e incluso también afectaría a las mujeres. Pero es sin duda entre los varones donde hace estragos. La devoción del hombre por su(s) pelota(s) (digo, porque pueden ser varios deportes) no conoce límites. Su equipo puede ir en picada a través de los años, cambiar de técnico ochenta veces, acumular jugadores mediocres y coleccionar goles en contra, que ningún ridículo será lo suficientemente grave para quitarse la camiseta. El fanático con nada se siente traicionado. Pero ya quisiera ver qué marido aguanta una mujer que deteriore físicamente, cambie de amante como de ropa interior, acumule hijos bobos y coleccione fracasos, a ver entonces con qué cara sostiene su promesa eclesiástica. No, ¿verdad? Hay que cuidar de uno mismo y de la relación para mantener el interés del otro. Pero un equipo de fútbol está exento de todo eso: no importa qué tanto lo maltrate, el hincha se tatuará su nombre en las cervicales y jamás lo dejará por otro.

Breakfast with Lucas


Breakfast with Lucas
Verónica Segura

Casi un mes después del Día Internacional de Las Guerras de Las Galaxias publico mi relato de aquella rara ocasión en que, como un sueño de Holly Golightly hecho realidad, desayuné con George Lucas. (Mi tardanza se debe a un cambio de horario gigantesco entre el Planeta Tierra y Naboo. Sepan disculpar).
Reiteradas veces me han preguntado sobre mi experiencia en Star Wars y confieso preocupada que repetí como loro ciertas respuestas que ya he olvidado. Así que antes de que se me descubra una amnesia, una senilidad temprana o un cuadro de valemadrismo grave, me dedico a la tarea de compartir lo qué realmente pasó en ese galpón verde. Sí, verde (verde loro), no azul, como se suele creer. Vayamos desmintiendo eso de la blue screen.

El casting fue cualquiera, para ser honesta, una cosa de nada. Desde luego que no guardaba ninguna esperanza. Pensé que iba a encontrarme con una fila de miles, pero el lugar estaba vacío. Entré como Pedro por mi casa. Fue en los estudios Fox de Sydney (en ese tiempo yo vivía en Australia). Me recibió Robin Gurland, directora de casting. Charlamos relajadísimas. Todo a cámara. Me preguntó si tenía tiempo para que las chicas de vestuario me tomaran las medidas. Creo que agité la cabeza con demasiada vehemencia… no que ella no estuviera acostumbrada a ese tipo de reacciones sobredimensionadas, supongo. Luego el equipo de vestuario me mandó con los de maquillaje. Todos se alegraron de que mi talle y facciones fueran similares a las de Portman. Si tenía o no la capacidad para actuar… Bueno, sigamos.
Pasaron días. Silencio de radio. Completamente lógico. ¿Yo? ¿En “Estar Güars”? Obvio que no. Pues resultó que sí. Estaba en el metro, una estación donde conectan varias líneas. Me llamó mi agente. Todo muy ruidoso. Igual le entendí: quedé para el personaje Cordé. Salté como chapulín. Y aquí es donde hago una pausa para meter todo en contexto: cuando era niña, mi hermano (no yo), era ultra recontra fan. Yo quería jugar a otra cosa y él me “obligaba” a disfrazarme de la princesa Leia, lo cuál estaba perfecto, pero lo que odiaba era detener las naves, hacer ruiditos, mover los monigotes… es decir, efectos especiales. Perdónenme, pero yo nací para estar EN el escenario, no DETRÁS de él y MENOS para ayudar con la técnica. ¿Para qué me produje? O sea… ¡Por favor! Todo esto para que se entienda por qué fue a mi hermano a quién primero llamé. Ahí mismo, larga distancia desde la Estación Central. Escuché por el teléfono cómo su quijada se fue de bruces al piso. Touché. ¿No que no? Ahí tienes a tu “asistente”.
Luego de esa tarde gloriosa siguió más silencio de radio…sepulcral diría yo. Llamé a la producción y mi contrato seguía en pie. Poco después me llamaron para unas pruebas de vestuario y maquillaje. Luego otras… y otras, y otras, y otras. Cada una de varias horas. Muy, muy meticulosos con el arte. Por cierto, el vestido, no se de qué material o de cuántas capas estaba hecho, pero me duplicaba el peso. Lo más genial fue cuando tuve que ir para un escaneo total de mi cuerpo. Sentí que estaba en un hospital del futuro y yo era la mujer biónica. Dije, ¡Sobres! Ya tenemos la muñequita de Cordé.
Pasó más tiempo. Estaba a nada de filmar y aún no tenía el guión. El pánico germinaba en mis vísceras. Días más tarde tocaron a mi puerta un par minotauros vestidos de negro y gafas oscuras. De milagro no portaban rifles. Estuve muy cerca de disculparme por lo que había hecho ese fin de semana en la fiesta de mi amiga. Por suerte fueron rápidos con su entrega. Pensé que sería una advertencia escrita en italiano. En cambio me confiaron dos páginas de El Ataque de Los Clones atravesado con un sello que decía “CONFIDENCIAL” el cual apenas dejaba ver lo decía el libreto.
Quiero dejar en claro que veinte segundos en pantalla no merman la dignidad de mi oficio, ni entonces, ni nunca, y me presté con diligencia y esmero al análisis de mi diálogo. Por desgracia terminé en menos de quince minutos, pero eso no importa. Salí a celebrar con las magníficas olas de Bondi Beach y ya era conocida en todo el barrio.

Llegó el día. Digamos que “descansé”, por llamar a la “taquicardia nocturna con ojos cerrados” de alguna forma, pero lo que se dice dormir, no pude. Creo que me citaron por ahí de las cuatro y media de la madrugada. Mejor. Estaba harta de fingir el sueño. Sólo me lamenté por la migraña que acarreó la ansiedad y el insomnio, pero fuera de eso estaba feliz. Saludé al sereno de la puerta de los estudios como si fuera mi compa. Yo era la dueña.
El cuarto de maquillaje estaba vacío. Comenzaron por las pelucas. Sí, sí, en plural. Eran dos y no ayudaron a mi dolor de cabeza. Lo que se tardaron en sujetarlas… ouch. Entre el vestido y las dos pelucas ya éramos cuatro Verónicas en una. Llegó Natalie. (Así le digo, ¿ven?). Se puso a leer. Moría por saber por qué autor me ignoraba. Me gustó. Discreta. Cada quién en lo suyo. (Por favor salúdame Natalieeeeeeeee). Luego vino Hayden que intercambió algún comentario jocoso con ella y se sentó. Los tres en silencio mientras un experto nos maquillaba. Casi me duermo. Una especie de guardaespaldas nerviosito, equipado de auriculares, walkie talkie y riñonera con todo tipo de herramientas, llegó para llevarme a locación.

…No era yo. No podía ser yo. Eso le estaba pasando a alguien más...

Abrió la puerta metálica para dejarme entrar al hormiguero más espectacular que jamás haya visto. Y entonces mi quijada se fue de bruces al piso. El set era colosal. Había una multitud que iba y venía con tal urgencia que me paralicé. El nerviosito me tomó del brazo para llevarme a una pequeña guarida. Varias veces me choqué con trabajadores que parecían no darse cuenta del accidente. Al fin llegamos a donde había menos tráfico y poca luz. Ahí me estacionó y me advirtió con una sonrisa que no me moviera. (Como si fuera posible, ¡con ochenta kilos de vestuario y pelucas sobre mi cabeza!) Yo seguía muda. Mientras intentaba respirar pensé, lo que estaría increíble sería conocer a Lucas, pero ya se que eso no va a suceder. De pronto divisé a lo lejos a una persona que bien podría parecerse a Lucas. Bueno, qué casualidad, me dije. Al aproximarse me di cuenta que de hecho era Lucas. (Por favor salúdame Georgeeeeeeeeeeee). ¿Saben por qué se dirigía George Lucas hacia donde yo estaba? ¡PARA SALUDARME! Yo no lo puedo creer. Hasta la fecha me sigue sorprendiendo gratamente ese gesto. George Lucas se acercó a mi… para saludarme. Y eso no es todo. Me preguntó COSAS. Que cómo me sentía, que si necesitaba algo, que bienvenida. Qué tipazo, ¿no? Como estaba en un trance, me imagino que he de haber respondido en glosolalia, pero él sonreía sin burla, así que mucho no he de haber metido la pata.

Y por fin… ¡a filmar! Instantáneamente mis piernas adquirieron Parkinson y subieron al set como pudieron. Hicimos algunas tomas. Portman y Morrison unos genios. Lucas sugirió que no llevara zapatos dado que mi personaje acababa de salir volando luego de una explosión. Yo propuse una actuación más contenida y débil por el mismo motivo, quizás Cordé agotaba su último aliento en disculparse. Lucas aceptó animado y la toma quedó como yo la planteé. (Creo que esa fue mi mayor satisfacción). Bueno, eso y que actuar en ese plató fue casi como estar en un escenario a lo Grotowski. Exceptuando el vestuario, habían escasos elementos producto de la “explosión”, unas escaleras que representaban la nave y hielo seco a manera de humo. Desde luego que en edición le agregaron toda clase de efectos, pero en ese momento éramos los actores y no los artificios los que contábamos la historia, y había tanta gente en el lugar que teníamos un público considerable. Fue una experiencia extraordinaria, como estar en Microteatro y Hollywood a la vez.
En un descanso, Lucas me convidó galletas dulces y te de manzanilla con Ahmed Best (Jar Jar). Fue el desayuno más bizarro que jamás he tenido. Volvimos para una escena más y ya era la hora del almuerzo. Lo compartí nada menos que con Anthony Daniels (C-3PO). Un placer. Un hombre tan dulce e interesante... estaba a punto de preguntarle si quería ser mi mejor amigo hasta que recordé que no estaba en tercero de primaria. Pero yo alargaba el postre por saber que no volvería a filmar. No. No me quiero ir. No me saquen de mi fantasía, no me quiten este vestido pesado y maloliente. No quiero volver a mi casa, quiero volar por los aires en medio de esas flamas imaginarias para siempre y pedir perdón: Milady I’m so sorry I failed you senator Milady I’m so sorry I failed you senator Milady I’m so sorry I failed you senator… Pero la encargada de vestuario me desabotonaba más rápido que un pianista lujurioso. Ella criticaba a la producción por el extenso guardarropa ya que sólo era para vender más muñequitos. Sonreí discretamente con la promesa de estar a la venta como una mini Cordé.

Hubiera preferido una tormenta a un día soleado. Ya se que el lugar donde vivía es el paraíso, una playa hermosa, y pude haberme metido a nadar para consolarme. Pero el bajón que siente un actor cuando “su” obra termina, sólo algunos lo entienden. Salí de los estudios Fox para esconderme en mi cama. Resultó que ya no era conocida en el barrio, y el día era feo a pesar de brillar, y la calabaza de Cenicienta no era orgánica. Todo esto me resultaba tan insoportable que debía convertirlo en algo creativo. Así que, después de unas horas de auto compasión, decidí asomar la cabeza por las sábanas y escribirle una carta al buen George en la que me comparaba con un vampiro famélico que tomaba esta experiencia como un suero exquisito que saciaba toda su hambre sólo para dejarlo más insaciable que antes. Ah… y le agradecía por dicha oportunidad.
 
Desde luego nunca escuché respuesta. ¿Lo habré asustado? No importa. Lo que cuenta es que Star Wars me definió como loquita de las artes escénicas… o como escribió Bukowski: encuentra lo que amas y deja que te mate.

Y tal como el personaje de Truman Capote, yo también “terminé” en Buenos Aires, desayunando, no en Tiffany’s, sino en un barcito de San Telmo, y no, nunca hicieron el mentado muñequito plástico de Cordé, al final no comerciaron conmigo en las jugueterías. Mejor, mejor así, porque como dijo Holly Golightly, no le pertenecemos a nadie, ni siquiera a nosotros mismos y además una chica no debe leer (ni escribir) este tipo de cosas sin su lipstick puesto, así que si me disculpan, voy a buscar mi bolso. Chaucito.

Sordera Matrimonial


Sordera Matrimonial
Verónica Segura

Recientemente se ha descubierto un tipo insólito de hipoacusia que no es causado por una enfermedad ni malformación, sino resultado de un traumatismo psicológico del que incluso se reportan casos hereditarios.
Esta pérdida parcial de la capacidad auditiva es poslocutiva, es decir, sobreviene después de adquirir el lenguaje oral. Comienza habitualmente con posterioridad a los tres años y es degenerativa. Dado que nuestra especie sufre la infancia más prolongada del reino animal (a veces hasta de cuarenta años o más), la exposición a largo plazo a la voz de nuestros padres resulta más o menos dañina proporcionalmente a cómo interfieran en nuestras vidas. La mayoría de los individuos que habitan solos logran interrumpir el deterioro. No así los que contraen nupcias. Las cifras muestran que estos sujetos reinciden en el agravio de manera calamitosa. En ocasiones las secuelas tardan en salir a flote. Al principio mostrar conductas amables uno con el otro podría hacernos creer que hemos burlado este tramposo mal. Pero un cariñoso “¿Perdón, qué dijiste?” es tan sólo la semilla de un malhumorado “¡¿Queeeé?!” repetido catorce veces al día, o “Sí, sí, sí…claro.”, muy pronto se convierte en “no tengo la menor idea de lo que estás hablando y francamente mucho no me interesa.” Pasada la luna de miel o el primer año de matrimonio, las víctimas notarán que responden cada vez menos y con más lentitud al llamado vocal de su pareja. 
Los estudios informan que la deficiencia auditiva empeora cuando el dúo se reproduce o adopta hijos. Para entonces el concierto fonético (gritos y llantos en su mayoría) se convierte en un taladro incesante sobre el tímpano que provoca una sensación de mareo propia de quienes montan durante veinticuatro horas ininterrumpidas una montaña rusa en contra de su voluntad. Los integrantes de la familia comienzan a dejar de lado la comunicación oral constructiva para reemplazarla por un lenguaje signado. En su mayoría se trata de gestos ofensivos acompañados de objetos voladores que al estrellarse expresan frustración, lo cual, si bien tiende a irritar a los parientes involucrados, aporta una fuente de entretenimiento para los vecinos. 

Uno pensaría que cuando los hijos dejan la casa, el oído tendería a recuperarse, al igual que la paz y la economía. Pero ocurre justo lo contrario. La paz se va para nunca más volver, la economía empeora como el cuerpo en la vejez, y la hipoacusia selectiva se transforma en cofosis, es decir, sordera total. Esto es porque, junto con la pérdida auditiva natural que deviene de la edad, al llegar la jubilación, los integrantes de la pareja son propensos, no ya a “no soportarse” si no esencialmente a desconocerse. Lo que antaño fue un fastidio, como escuchar las quejas del otro por achaques, laburo o algún familiar (siempre sin hacer nada al respecto), o tolerar horas de cátedras soporíferas y/o chusmerío vacuo, o fletarse la misma anécdota una y otra y otra y otra y otra vez, se distorsiona en algo inadmisible. Llega un momento en que los miembros de la pareja, si todavía siguen juntos, no pueden evitar ignorarse mutuamente y por completo. El lenguaje de signos se sigue practicando pero ya no en forma violenta sino indicativa. Se hace uso del dedo índice para apuntar y de la cabeza para negar, a veces junto con gruñidos cortos y suaves.
Lamentablemente la ciencia no ha descubierto medicamento alguno ni para la sordera matrimonial ni para la unión feliz. Esta última suele darse por milagro y en contadas ocasiones. La primera la padecemos todos, y… no importa mucho nuestro estado civil.





Dulce hamaca


Dulce hamaca
Verónica Segura

Entraría más sol por la ventana...

Amaría sin temor
con más aire
en el silencio
con más calma

Mis siestas serían felinas
despanzurradas
Escucharía los instrumentos de la lluvia
como si fueran sonata

En tus manos
dulce hamaca
amaría certera
de que la vida es larga

Me gusta Barbie


Me gusta Barbie
Verónica Segura

Para Grammy

A veces tener hijos es como estar en un programa de “Big Brother”: uno puede olvidarse de la vigilancia por estar acostumbrado a ella, pero la camarita sigue ahí. Los chicos fingen estar viendo la televisión, jugar con sus muñecos o incluso estar ausentes cuando en realidad nos están examinando. Nos espían hasta con los ojos cerrados. Yo no sé por qué la CIA no los contrata a todos.

El caso es que mientras mi hija se “distraía” con sus crayolas, yo ojeaba las noticias en Internet. Cuando llegó mi marido le señalé incrédula la foto de una jovencita cuyo objetivo -admitía orgullosa- era convertirse en la calca exacta de “Barbie”. Nos miramos con discreción y leímos la nota en silencio. Lo que vimos era desolador: esa niña tenía hambre y no sólo de comida. Lo tremendo es que esto ya se había impuesto como culto. La ucraniana copió a una estadounidense y ambas tenían miles de seguidoras dispuestas a someterse a cuanto régimen y cirugía hiciera falta para asemejarse a la figura de Mattel. Sacudimos la cabeza conteniendo lo mejor posible nuestra desaprobación. Escaso disimulo supongo, porque nuestra hijita nos sorprendió detrás de la silla con una sonrisa radiante. “¡Barbie! ¡Esa, esa me gusta!” Mi marido se apuró a cerrar el navegador. Los dos la llenamos de absurdas explicaciones de por qué lo que vio en realidad era “feo”, no, mejor “ho-rri-ble”. Aseveré que la adolescente era una flaca, con cinturita de avispa y el pecho enor… me tuve que detener. ¿Piernas largas, panza plana, pelo rubio de sirena y tetas firmes? ¡Parecía estar describiendo una Diosa, no la abominación esquelética que apareció en mi pantalla! Mi marido intentó salvarme instruyéndole que lo que no estaba bueno era que parecía una “muñeca”… (¡buaff! Qué asco, ¿no?) “Pero –le susurré– amorcito, nosotros a cada rato, de hecho todos le dicen que parece una muñeca de tan bonita que es.” Nos quedamos mudos, desarmados. Luego arremetí con “la dura verdad” sin importarme que mi hija tuviera sólo tres años: “Mira, corazón, lo que esta señorita tuvo que hacer para verse así fue ir al doctor… ¿ok? ¡Al doctor! …muchas, muchas veces… y le dolió muchisisísimo”. Al ver su pequeño rostro impávido le dije, como narrando las fechorías de la bruja Matuta, que eso se llamaba cirugía plástica. Gracias al cielo, antes de seguir fracasando como madre, entró la llamada de su abuela. “¿Ya le preguntaste qué le gustó de la foto?”, resolvió el dilema. Seguí su consejo y me volvió el alma al cuerpo. “Los lentes”, contestó con esa sencillez que a los padres nos hace sentir unos verdaderos ineptos. Lo que le había gustado eran los lentes de sol. Revisé la nota de la muchachita esperpento. Efectivamente: unas gafas oscuras se posaban sobre su cabeza, foto tras foto. ¿Cómo se me pudieron escapar esos malditos OVNIS polarizados? Hace días que mi nena me venía pidiendo unos justo así, y al verlos reaccionó con júbilo.

 No cabe duda, los hijos son un doctorado en el arte de escuchar y las lecciones se aprenden sólo luego de haber reprobado. En el próximo “examen” le haré preguntas antes de apresurarme a guiarla. Aunque… ya sé que esa prueba será distinta y no estaré en lo absoluto capacitada.

Perdedores unidos


Perdedores unidos
Por Verónica Segura

Me rindo. Es hora de abdicar. Este fin de año consumiré lo que sea, menos espumante. Me esconderé en el baño durante la cuenta regresiva y sacaré la lengua al espejo sin culpa por no haber cumplido ninguno de mis propósitos.

¿Por qué insistimos en modificar todo aquello que no nos da la gana? Lo peor es que a veces, caemos en el más ordinario de los clichés. Dejar de fumar, tomar clases de yoga, recibirnos, divorciarnos, arreglar la casa, estudiar francés, lanzar un negocio, ahorrar, portarse mejor, portarse peor… ¿Y que nos lo impide? ¿Algo destinal, omnipotente y externo a nosotros? Hasta hoy no he conocido a nadie (aunque me encantaría) cuyo propósito de año nuevo sea evitar que granice, o que el dólar baje para su cumpleaños, o que la capa de ozono se regenere para aprovechar mejor el verano. ¿Alguna vez han vacilado ante la urgencia de salir de una ducha helada o  alcanzar el baño en momentos críticos?
¿Será que tememos perder nuestros anhelos? A fin de cuentas, el deseo es un motor. Si nuestros objetivos van acorde a lo que somos y (horror) los cumplimos exitosamente, ¿con que vamos a soñar cuando el hastío nos invada? Nadie quiere descubrir que su “salida de emergencia” no es una escapatoria, sino algo que ofrece aún más ataduras. Soñar es lindo… pero concretar cuesta.

Así que suficiente con las metas de superación personal y el cultivo al arrepentimiento. Heredemos en vida para aligerar la carga. No sólo hay que donar lo que ya no usamos, también la personalidad se recicla. Charlemos desenfadados y festejemos el pantano que somos.

Yo me bajo del pedestal. En lugar de enlistar una serie de exigencias para el futuro, voy a hacer un inventario de mis pequeños aciertos. Los miraré con lupa y disfrutaré de todo lo que no conseguí y de todo lo que sucedió sin que yo lo planeara. Voy a hacer una oda al fracaso. Después de todo la perfección es desabrida y nuestros errores nos proveen infinidad de historias que compartir.

Kinky Yanqui


Kinky Yanqui
Verónica Segura


Eso de combatir el terrorismo es un vil pretexto para que una bola de pervertidos infiltrados en la vigilancia de los aeropuertos puedan abusar de los pasajeros con sus más retorcidas fantasías. Analicemos el escenario. Estás en la fila para documentarte y la primera persona que te recibe es una formidable motociclista disfrazada de oficial con guantes de látex. Pelo anaranjado siete centímetros empezada la raíz, con un rulo medio flácido. Registra tus pertenencias. Se toma su tiempo, y al llegar al dorso de la valija, mete con apetito el brazo hasta llegar al fondo mientras exhala con satisfacción. Desconcertado, te formas para pasar la línea fronteriza hacia el país de las salas de espera, el Duty Free y las cervezas de a treinta dólares. Es un proceso agotador. Debes despojarte de tus prendas. Si antes eran las llaves y el saco, ahora fuera van los zapatos, el cinturón, las calcetas. Todos objetos fetiches. Quedas obligado a exhibir tus pies desnudos ante el batallón aduanero que goza de verte caminar, ida y vuelta a través del arco magnético. Cuando por fin tu cuerpo ha dejado de provocar la ira de aquel pasadizo, no se conforman. Te frotan las axilas y la entrepierna con un enorme dildo que gime cual R2D2 (“arturito”… el de estar güars). Todo esto si la suerte te acompaña y no te eligen para la revisión “extra”. (Dios me libre, tiemblo sólo de verlos colocarse nuevamente los malditos guantes de látex). Y por si fuera poco, no sólo te privan de tu agua potable, si no que ya ni comida “regalan”. ¡Uno tiene que estar haciendo un viaje trasatlántico porque si no tiene que comprarla abordo! Ya instalado en tu asiento de tortura, cual gallinero, ojeas la revista del avión y notas que de cada tres páginas, dos son propaganda de compañías que ofrecen servicios de “dating”. Una vez aterrizado, retiras tu equipaje y notas, no sólo que el desventurado candadito ha desaparecido, sino que dentro de la maleta te han dejado una notita de amor diciendo que han violado tu cierre y desordenado tu privacidad porque tienen todo el derecho de hacerlo. Digo… por si tenías duda.