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MUJERES 3, Ediciones Croupier



Gracias Diego Herrera por ayudarme a cerrar el año con broche de oro. Gente: he publicado mis poemas en una antología llamada MUJERES 3, de Ediciones Croupier. Aquí las participantes y los puntos de venta. 
¡FELICES FIESTAS!

De ratones y antidepresivos



De ratones y antidepresivos
Verónica Segura

Mi marido inspeccionaba el sector de varones con gran entusiasmo. La juguetería y mi cabeza estaban a punto de reventar. Revisaba cada súper héroe, monstruo, espada, autito y máscara hacedora de ruidos aterradores hasta que descubrió a una colosal pistola a dardos de goma. “¡Ésta!”, declaró triunfal, alzando el arma por los cielos como apoderándose de un tesoro al fin hallado en vez de un regalo de cumpleaños para nuestro sobrino. Me negué rotundamente. Desconsolado, me aseguró que un revólver así era lo que todo niño aspira a tener. “Desde luego, pero el abuelo ha estado muy enfermo, no se ha sentido nada bien y con esto le van a romper toda la casa, va a ser un griterío, se van a estar persiguiendo y…” Así seguí con una lista de inconvenientes hasta la caja registradora mientras mi marido, muy atento a mi perorata, pagaba la metralleta plástica. Una vez en familia, quedé estupefacta al ver que el nene no había terminado de cargar su fusil cuando al abuelo ya le había cambiado la mirada. Para empezar abrió los ojos, que ya es mucho decir. Se levantó a pedirle el rifle al cumpleañero. Tiró una, dos, tres municiones. Casi rompe el jarrón, a lo que respondió con una risita maliciosa. Siguió disparando hasta agotar la carga. Su mirada era delirante. Se le veían los dientes. Le aplaudimos más de susto que de admiración. Así estuvo, debatiéndose la metralla con el nieto sin quererla soltar hasta que se sirvió un whisky, el cual bebió con la satisfacción de quién ha cazado un mamut sin ayuda alguna.
Me hizo acordar a una historia que contó un profesor de guión (no me puedo contener, sí, el mismísimo Robert McKee). Sucede que tenía un gato moribundo que ya nada lo entusiasmaba. Un día se le ocurrió traerle un ratón vivo. Helo ahí al felino, patrullando su territorio hasta cazar al maldito roedor. Así lo mantuvo varias semanas y volvió a ser el mismo rey de la selva hasta que… claro, una vez perdido el interés en cazar ratones, McKee supo que la mascota había llegado al final de su vida.

Seguido me pregunto cuáles pueden ser algunas de las “curas” o al menos paliativos para la depresión. Pensé que sería interesante elaborar una columna sobre ponerle un “plazo fijo” a la desesperanza. Es decir, que uno se entregue por completo a la tristeza, que se le venere por así decirlo dándole su justo lugar, honrarla en vez de negarla, pero sólo por un tiempo para que no se apodere de nuestras vidas y succione nuestra vitalidad. Al final de este plazo uno tendría que ser generoso con su optimismo hasta volverlo implacable. Y sí, suena bien. Podría funcionar. Pero creo que en la práctica lo único que verdaderamente nos mantiene con ánimo y en nuestro apogeo es la caza, no la “actitud”. Nos pone a prueba y le da sentido a nuestras vidas. Lo fácil es el diagnóstico: al decaído le hace falta un ratón. Lo difícil es interpretar qué carajo significa “ratón”. ¿Estamos persiguiendo al bicho correcto?
            Supongo que para eso estamos aquí… para encontrar nuestro propio roedor que nos haga feliz.


El día que me convertí en delincuente



El día que me convertí en delincuente
Verónica Segura

Cuando tenía cuatro años, existían dos verdades absolutas: a) todos teníamos pito y b) yo era uno de los buenos. Así viví, confiado y satisfecho, con pleno conocimiento del universo y mi lugar en el mundo, hasta que un día la maestra nos mostró una lámina de la figura humana. Al ver que nadie se inmutó ante dicha aberración, alcé la mano (porque como ya dije, era uno de los buenos y tenía modales, no solía interrumpir) y exclamé muy apurado: “¡A ese le falta pito!” Hubo un silencio sepulcral seguido de un estallido de risas. “Si es nene, sí”, me desafió la maestra, “pero, ¿y si es nena?”. Todos nos miramos ansiosos para ver si alguno lograba descifrar la adivinanza. “Los nenes tienen pito”, aseguró la maestra y volvimos a reír. “¿Y las nenas? ¿Qué tenemos las nenas?” Analfabetos y pasmados, enmudecimos. De pronto, una pequeña llamada Lucía dijo apenas audible “yo tengo una florcita”. Romina se aventuró a compartir que ella tenía una pochola, con lo cual no paró de carcajear hasta salir disparada al baño. “Y yo una cachufla”, espetó Alicia muy preocupada. Emma defendió su femineidad “¡no es cierto, se llama Pipina!”, a lo cual Andrea, enfurecida, aleccionó a todos pidiendo que repitiéramos después de ella: “Ca-Chu-CHA… ¡nada de “cachuFLA!” Juana se limitó a consultar “maestraaaaaa… ¿si lo que yo tengo es una pocholina, es eso lo mismo que tiene Romiiiii?” La maestra puso fin al debate cuando Julián comentó que su papá la llamaba conchita.
            Claramente, entre las niñas existía una variedad muy amplia o demasiada ignorancia, o las dos cosas. De cualquier forma la confusión estaba asentada y como buen niño explorador, me tomé la tarea de investigar el tema más a fondo. Nunca me ha gustado la ambigüedad. Era una motivación meramente científica, altruista incluso.
Lo más fácil sería pescar a una desprevenida, digamos…¿a la hora de la siesta? No llegué a bajar sus pantalones ni un milímetro cuando Perla ya había pegado el grito en el cielo y yo estaba castigado en la dirección. Desde luego citaron a mis padres. Claro que no solo por el tema de “la siesta”, como titularon al evento. Ya había armado más lío esa semana y no estaban muy contentos conmigo. No fue nada… rompí la decoración del día de las madres. ¡Era un chiste! …Y supongo que también le propiné una patada en los gumaros a Facundo (me olvidé de agregar esa parte anatómica, inexorablemente unida al inciso “a” de las verdades absolutas). Pero para ser justos, él me arrebató la pelota con la que estaba jugando y eso no está bien. Por supuesto concluyeron que tenía un grave problema de celos por el hermanito que acababa de nacer y no se que tanta estupidez. El caso es que lo padres de Perla se enteraron y fueron a pedir explicaciones de por qué los niños no estaban supervisados durante la siesta y cómo era posible que dejaran a su hija sola con un depravado para que le destrozara los pantalones, pobrecita Perla desnuda frente a todos. Obviamente se corrió la voz. Los padres de Lucía, Romina, Alicia, Emma, Andrea y Juana se mostraron sumamente consternados y organizaron una reunión extracurricular con la maestra del grado, la directora del jardín y la psicopedagoga del colegio. Obvio convocaron al resto de los padres de familia. Todos asistieron muy alarmados. Discutieron de lo equivocados que estaban mis padres, de mi conducta desviada, de la perversión que se suscita en los colegios, de la ineptitud de los docentes, de la decadencia en la sociedad posmoderna, de la crisis económica, del narcotráfico y hasta de la siguiente guerra en puerta. Se dieron suficiente manija como para culparme del estado deplorable en el que se encontraba el mundo. De milagro no me suspendieron. Mis padres, sin embargo, estaban iracundos: conmigo, con el colegio, con mis amigos, con los padres de mis amigos, con sus propios padres, entre ellos mismos y hasta con el bebé. En casa nadie emitió sonido por una semana. Aún así, y luego de todo el alboroto, el misterio de las “partes privadas femeninas” nunca se resolvió.


Treinta años más tarde, lamento decir que mi inquietud por explorar no se ha disipado. Lo lamento sólo porque sigue siendo mal recibida y a causa de ese rechazo constante he llegado a entender muy poco del funcionamiento fisiológico sexual de la mujer. He de confesar que no mucho ha cambiado desde mi niñez. La mayoría sigue resguardando sus pantaletas (de mi, al menos) como si se hubieran enterado del evento de la siesta. Y todas, absolutamente todas siguen siendo aficionadas a apodar las partes íntimas (las mías, al menos), lo cual siempre me pareció humillante dado que la tendencia es usar nombres delicados y en diminutivo. (El único que me ha gustado ha sido “Goliat”, pero supongo que no cuenta porque se lo puse yo y sólo provocó risa, así que…prefiero olvidarlo.) Sin embargo, mi espíritu pionero es inagotable y de eso estoy orgulloso. Así que las verdades absolutas que tengo para reportar hasta el momento son escasas, pero al menos categóricas: a) si bien, morfológicamente son similares y, apodos al margen, todas se llaman vagina, ninguna funciona de la misma manera (es…complicado), y b) no me importa lo que digan, yo sigo siendo uno de los buenos.

Tres Tribus Trotan a las Seis de la Mañana



Tres Tribus Trotan a las Seis de la Mañana
Verónica Segura

Deben ser los únicos transeúntes de la madrugada del domingo. Se interceptan en la parada del tren sin saber si tutearse o fingirse transparentes.
Las trabajadoras, con tremendos tríceps y tacones, parecen necesitar un trago, luego de una jornada de tanto trámite y alguna que otra trastada. Ojo, que su pasado no siempre es turbio. Tampoco consideran su dualidad trágica, ni tramposa. Al contrario. Qué triunfo es que puedan por igual transportarte al éxtasis que liquidarte de un trompazo. Hay unos que traen los nervios hechos trizas, o quizás estén tranquilos con la idea de rendirle tributo a alguien. Vienen vestidos de trofeo. Han entrenado más de un trimestre. Su vida se ha tornado en un rigor intransigente para conseguir la máxima tracción. Luego vienen unos tránsfugas como de trece años disfrazados directito de Transilvania. Solo ellos entienden sus trabalenguas de voces altas y ojos titilantes. Quizás de las tres tribus, esta sea la única que me haga temblar. Ya saben… el transcurrir del tiempo y sus tropiezos.
Pareciera que este triunvirato no tiene nada en común más que el horario y el punto de encuentro. Pero no. En el breve transcurso en que trenzan, es justo admitirlo: son trillizos. Travestis, atletas y trasnochados comparten la misma tradición. Todos están transgrediendo, y a su manera buscan trascender. Si no, no estarían trotando cuando aún no ha salido el sol. Y es que no existe tratamiento para un trastorno cuando se vive como travesura.