Carta abierta al mate



Carta abierta al mate
Verónica Segura

Yerba, querida. Hemos transitado un extenso camino que, por más desafiante, ha rendido frutos inesperados, y es por eso que hoy te escribo para decirte que estoy triste. No crecí contigo, no enredaste tus costumbres en mis entrañas. Es más –y no te lo tengo que confesar porque lo sabes bien– te detestaba cuando recién entraste en mi vida. El argentino que se me lanzó a los besos en el estacionamiento de una crepería sobre Avenida de la Paz, trajo consigo más encuentros ebrios de tango, mudanzas, cambio de estado civil y gravidez, pero también una insistencia biliosa dentro de un cuenco orgánico. Cuando aún vivíamos en México, te ignoré por completo y con desprecio. Entonces no lo sabía y no lo supe por mucho tiempo, hasta que nos fuimos a la Argentina. La primera pista fue que empecé a notar máquinas dispensadoras de agua caliente por todos lados. El pobre de mi marido –ahora lo entiendo– quería que te bebiera, no por el simple hecho de consumirte como quien busca dividir la culpa compartiendo un postre, sino por el divino ritual guaraní de libar colectivamente su infusión esmeralda y dejar que las historias o el silencio formen lazos. Finalmente, en uno de esos veranos invertidos (porque enero es para el frío) que pasamos fin de año en San Bernardo, resolví amigarme. Mi hija aún estaba en la edad en que las plazas y los árboles son fuente de gran emoción: un túnel, una cuerda, una rama, invita a explorar mundos fantásticos. Nos sentamos en un banquito para que jugara un rato antes de partir de vuelta a Buenos Aires. Mi marido estrenaba orgulloso su kit matero: el bolso con pava, mate, bombilla y compartimentos para yerba y azúcar. Él miraba a nuestra hija, yo te miraba a ti, como burbujeabas luego de cada sorbito, toda apretujada en una esferita de plástico. No sé si ganaste por cansancio, o me conmoviste, o habrá sido él, que te sostenía como si buscara proteger al Cono Sur, pero pensé que no podía estar tramitando la ciudadanía argentina y rechazarte al mismo tiempo. Debía, no sólo incorporarte como hábito, sino también aprender a amarte. Fui al quiosco más cercano y me abarroté de alfajores. Sólo blindada de azúcar podría hacer la primer muda de piel. Por cada traguito, cinco mordidas. La aproximación fue tensa, sin la diplomacia planeada. Ya en la ruta a casa hubo más cordialidad. (Gracias a ti pude justificar un consumo ilimitado de medialunas de Atalaya). Y a partir de entonces, como dos felinos huraños pero curiosos, fuimos cediendo en territorio. Al principio, un poco temerosa al desayuno. Luego a veces en situaciones sociales. La mayoría de la gente asumía por mi acento que no te tomaba, así que cuando alguien me pasaba la calabacita caliente, yo agradecía porque me sentía contenta que me incluyeran en la ronda. Y entonces ya no me pasaban más el mate y no entendía qué había hecho mal. Ahí descubrí, que como las estaciones climáticas en el lado austral del planeta, tu lenguaje también suele ser invertido. “Gracias” no significa reconocer la amabilidad del otro, e incluso incentivarla con este gesto de correspondencia. En una ronda de mate, el “gracias” se entiende como un rechazo, como un “no quiero más”. Caray, yerba, qué peculiar, quién se hubiera imaginado. Como mexicana me costó mucho incorporar en respuesta un “sí” llano, sin su clásico apéndice cultural con el que fui educada: “¡muchísimas gracias!”. (Prometo que jamás usaré ese anexo, porque entonces sí que no te vuelvo a ver en mi vida). Un día descubrí que el envoltorio que te empaquetaba tenía instrucciones para cebarte. Es decir, que había una técnica, un arte, se requería una habilidad para darte vida. Aprendí sobre tus intimidades selváticas, la temperatura precisa y velocidad con la que te gusta que el agua resbale por la bombilla en sutil cascada y no directo a las hojas, y menos que caiga como un chaparrón. Entendí que mi lento homenaje te sacaba una sonrisa en forma de espuma, como las olas mansas cuando se acercan a lamerte los pies mostrando su efervescencia curva por un instante antes de volver al mar. Esta destreza la usé a mi favor para luchar contra mi timidez. Todavía esperaba varias rondas en silencio hasta que el mate descansara deslavado en medio de la mesa, pero ahí lo tomaba para cebar uno nuevo y casi siempre alguno que otro se sorprendía.
                  Mira, yerba, no sé qué tanto sepas de mi pasado, pero de donde yo vengo –y no lo tomes a lo personal– ven esta costumbre de pasarse el mate como si uno compartiera la gaseosa con cualquiera, y que todos tomen de la misma pajita. Es algo impensado. Pero ahora sé que tu tradición es –salvando distancias– como llevar un cachorrito a la plaza cuando buscas compañía. Es una estrategia infalible, la gente se va a acercar con una sonrisa y de ahí nacerán inusitadas conversaciones. Contigo no hay tribus, fronteras, élites, contraseñas ni protocolo. No importa el estrato, el credo, el sexo, la edad. Puedes vestir de amargo, meloso, con menta, cascarita de naranja o ginebra, da igual: cuando estás tú no hay brecha, eres pura reciprocidad. Y eso es lo que me tiene tan triste. Uno trata de alentarse con frases hechas, ya pasará, no hay mal que dure 100 años, o que por bien no venga. Y ojalá así sea, y el mal no se cuente en años, porque a pesar de mantener la verde comunión con mi marido, no quiero imaginar una Argentina donde no seas tú la moderadora de charlas lúdicas, ensayos teatrales, presentaciones de libros, reuniones familiares, atardeceres en la playa, proyectos laborales y confesiones de amantes. Quizás suene orgiástico, mate, incluso herético, pero yo quiero compartirte en manada y no te quiero usar con barbijo.

Para los que estamos en la lona y queremos dormir bien



Para los que estamos en la lona y queremos dormir bien

Verónica Segura

 

Hace unas semanas, en pleno período de aislamiento por el coronavirus, circuló en redes sociales el video de un actor y empresario multimillonario celebrando su cumpleaños online. Sopló las velitas muy contento y sin el menor titubeo, compartió una lista de sus éxitos profesionales. Unos días después de pedir por delivery su torta de chocolate y armar su “Zoomple-fiesta”, su planta de empleados y sub-contratados se enteraban que no recibirían más sueldo ni aportes ni indemnización ni más comunicación que unas líneas por whatsapp explicando la “grave situación financiera” de la empresa. Cientos de familias, de por sí vulneradas por la pandemia, dejaron de recibir el sustento con el que contaban mientras él disfrutaba las sobras de su calórica torta y desarmaba su imperio “en secreto”. Lamentablemente, esta es una historia común que se repite como disco rayado. Pero mientras veía a este engendro de María Antonieta masticar su torta y hacer morisquetas, recordé una historia que ya no sé si la leí o me la contaron, pero me gusta recordarla en tiempos cuando resulta difícil conservar la esperanza. Había una vez una mujer que se casó y se fue a vivir a un país muy, muy lejano, donde hablaban de manera extraña. Luego de luchar por su matrimonio un buen rato, finalmente admitió que la relación naufragaba y decidió dejar a su marido. En este lugar remoto, ella no tenía familia y casi no trataba con nadie, así que como solución temporal, se fue a vivir con un amigo que recién había conocido. Una cosa llevó a la otra y se involucraron, pero el tipo no tardó en mostrar la hilacha y una noche se puso violento. La mujer fingió docilidad para no ponerse más en riesgo, pero el día siguiente lo dedicó entero a buscar un lugar cuya renta pudiera pagar con sus mínimos ahorros ya que en ese momento se encontraba desempleada. Finalmente encontró un huequito hecho a la medida de elfos e incluso un trabajo en una verdulería (el cual perdió muy pronto dado que no entendía los nombres de las frutas y el dueño no tuvo paciencia, pero esa es otra historia). A hurtadillas fue a buscar sus pertenencias sabiendo que el tipo no estaría en casa. Era todo lo que tenía, ese bolso de ropa. Y se dijo a sí misma, no me importa dormir en el piso. Al salir del departamento vio a un hombre cargando un colchón usado en la cabeza. No se pudo contener y le gritó, ¡Ey!, ¿a dónde llevas ese colchón? El hombre, descolocado, se detuvo en medio de la calle y contestó, ¡no sé!, estoy por mudarme a provincia y pensaba llevármelo, pero la verdad que me estorba. Véndemelo, –desafió la mujer– pero barato porque no tengo un peso. Y el hombre le propuso una cifra simbólica y la llevó a ella y a su nuevo-viejo colchón a la residencia de elfos recién rentada. 

                   Esta historia me significa mucho, porque resalta la situación de una persona que está lejos de sus afectos, sin donde caerse muerta, barajando duelos y agresiones. Pareciera que entre más precaria la situación, más difícil es encontrar refugio y personas en quién confiar. Siempre ha habido plaga, sobre todo de María Antonietas, y generalmente la fantasía de poder decapitarlas se queda en eso. Es algo que enfurece. Sin embargo, por trillado que suene, también pareciera que existe un algo, quizás un ángel que peca de esquivo pero que, cuando estamos en la lona, conspira para que no durmamos en el piso.

Rezarle a San Bert



Rezarle a San Bert
Verónica Segura

Este 2020 me recuerda a una noche que compartí con mi mejor amiga hace más de una década. Era su cumpleaños, lo celebraríamos en casa de un compañero de trabajo. Estábamos mentalizadas y emperifolladas para la mejor fiesta del siglo. Pasó por mí e hicimos una parada en el supermercado. En cuanto bajamos del auto sentí un apretón en el pecho para el que no hay analgésico porque es premonitorio. Compramos a lo bestia. Lo recuerdo como una postal en movimiento: empujábamos el carrito por el estacionamiento, el viento sopló fuerte con un eco estereofónico y burlón que provenía de un grupo de hombres. Apuramos el paso.
                  Nuestro compañero y dueño de la casa estaba a tan solo unas cuadras, atorado en el tráfico. No sabíamos dónde esperar. Buscamos refugio en el auto porque no queríamos estar solas en la calle y no queríamos manejar a ninguna parte a la hora pico; bajamos las ventanillas porque nos pusimos a fumar. Pero cualquier chilango sabe que eso es lo último que debe hacer. Mientras mi amiga me contaba algo con mucho entusiasmo, yo buscaba el momento adecuado para advertirle del tipo sospechoso que dobló la esquina y sugerirle que arrancara el auto. De inmediato ya estaba él y otro –salido de la coladera– apuntándonos en la cabeza con un arma. Pásense para atrás, rápido. Intenté deslizarme para afuera –quédense con todo–, le ofrecí mi bolso sin mirar. No, no, no, pásate para atrás. ¡Cierren los ojos! El copiloto revisaba, pistola mediante, que respetáramos sus órdenes. Yo era una sedita. Tan aguerrida para el cotidiano y heme ahí, en total sumisión. Mi amiga en cambio, siempre la conciliadora, despotricaba como madre enfurecida. Les decía lo equivocados que estaban, que se la agarraran con otro, que qué manga de maleducados. Yo trataba de calmarla pensando en cualquier momento nos muelen a golpes. Mentimos sobre nuestros nombres. Nos arrebataron los bolsos, buscaron las identificaciones. Ahí nos cayó bien la ficha. Nos tenían secuestradas, con llaves, dirección, teléfono, tarjetas de crédito, con nuestra vida. Les revelé mi escondite secreto, tenía cosido un compartimento en el fondo del bolso para los billetes grandes. Tal vez mi altruismo merecería su indulgencia. Tal vez nos torturarían durante semanas hasta conseguir el rescate para luego esparcir nuestros cuerpos desmembrados en algún barranco. Sentí alivio de no tener hijos y mucha pena por mis padres cuando recibieran la noticia. Fue en el cruce del periférico al viaducto que la alquimia sucedió: años de crudo ateísmo transmutaron en devoción. Recé y recé para espantar las imágenes que me invadían. Fue algo sobrenatural más allá de mi religiosidad temporal renovada. Sentí una luz potente que nos encubrió a todos, rufianes incluidos, como si el auto estuviese suspendido en un globo luminoso fuera del tiempo. Esta esfera, colmada de una paz infinita, me hizo comprender algo sobre el perdón. De alguna manera supe sin lugar a dudas, que saldríamos ilesas… hasta que el copiloto arremetió, qué guapas, tienen novio, se nota que son niñas bien. Aterrizaje forzoso. Otra vez la incertidumbre, el descenso al infierno. En algún lugar había leído sobre esta estrategia, así que pujé y pujé hasta expulsar un mal olor. Pedí disculpas, dije que por los nervios me había hecho encima. Imposible tener una erección en ese contexto. Sirvió como distractor, pero el tufo desvanecía. Debía esforzarme y seguir pujando para sostener la mentira. ¿Ustedes han estado en esta situación, los han secuestrado?, arriesgué. Por un momento pensé que su respuesta sería un balazo, pero dijeron que no. Mi amiga preguntó si tenían hermanas, mujer, hijas, madre. Llevábamos 45 minutos de viaje cuando entró una llamada. Quizás era el jefe, quedó claro que nos escoltaban. Le preguntaron a mi amiga su clave, yo no tenía tarjetas. Loca de angustia, suplicaba que no la sabía, era una tarjeta nueva y aún no había cambiado la contraseña que le asignaron. Imaginé que nos llevarían hasta su casa a buscar la maldita información, pero en vez de eso lanzaron la tarjeta a la calle y el vehículo de atrás la tomó del suelo. Asumo que habrán intentado varios cajeros sin suerte porque a partir de entonces comenzamos a dar vueltas en el carrusel más nauseabundo de la historia. Empecé a contar, izquierda, izquierda, derecha, izquierda, etcétera, hasta percibir que habíamos llegado nuevamente a la avenida, y ahí retomaba la cuenta. De pronto, frenaron. Nos pidieron que bajáramos del auto. Caminen lento y sin voltear atrás. Yo me deshacía en agradecimientos, pero mi amiga estaba mal. Traté de tranquilizarla mientras se ahogaba diciendo, nos van a matar, nos van a matar. Doblamos la esquina, y miré discretamente. No estaban. Tocamos la ventanilla de una casa, pedimos usar el teléfono explicando que nos habían asaltado. Váyanse a la chingada, dijeron. Al llegar a la avenida supe que debíamos cruzar el puente e ir en dirección opuesta. Habíamos pasado de la boca del lobo a la jungla. Con poca oferta de taxis paramos el primero que se acercó, lo cual es pedir a gritos otro secuestro, pero el chofer se portó como un caballero. Nadie en la fiesta creyó nuestra razón para llegar tan tarde. Me quebré por completo cuando en la cocina, se acercó un imbécil a decirme que lo supere rapidito, a quién no lo han secuestrado o apuntado con un arma, a él lo amarraron y le clavaron el destornillador en la pantorrilla durante 5 horas. Mi amiga me abrazó y me alejó de ahí ofreciéndome una cerveza. Después, ya más calmadas, brindamos por estar vivas, felices de que no nos hayan golpeado ni violado. Incluso mi amiga se burló de cómo les ofrecí hasta los billetes del subte como si fuera la gran riqueza y nos reímos bastante. Entonces varios compartieron sus propias experiencias disparatadas de atraco y la noche mutó de festejo, a rapto, a terapia de grupo. Al día siguiente llamé a un amigo de mis padres –ellos estaban fuera del país– y le describí lo mejor posible cómo llegamos al lugar de los hechos. Nos llevó justo a donde fuimos a parar. Es fascinante ver al demonio vulgarizado por la luz del día. Debió haber servido como tratamiento, pero la taquicardia pudo más. Entendí que seguía secuestrada. 
Es verdad, hoy no temo que mi cuerpo vaya a ser descuartizado en la siguiente media hora y eso es ganancia. Pero el mundo es ese auto sometido lleno de pasajeros emperifollados orbitando alrededor de un duelo inagotable. Y cada uno está agradecido por distintas razones. Algunos porque les bajaron el sueldo pero conservaron el empleo, otros por perderlo todo menos la casa donde estar encerrados, y varios suertudos porque sobrevivieron gracias a que no los discriminaron con el respirador. La enorme diferencia entre este secuestro pandémico y el exprés que sufrí por hombres armados, es que hoy soy madre, y a pesar de que he sabido cómo aparentar ecuanimidad y confianza, no sé cómo hacer para creérmela. Supongo que, entre otras cosas, estoy agradecida por la pésima escolaridad virtual en curso ya que quizás, este confinamiento podría servirle a mi hija como un sustancioso laboratorio en Antropología y Economía Doméstica. Pero a veces me siento como la tortuga Bert, que instaba a los norteamericanos a “duck and cover” –agacharse y cubrirse– en caso de un ataque nuclear en las propagandas durante la guerra fría de los años cincuenta. He usado casi todas mis reservas de helio y ya no sé qué más esferas inventar para mantener el camino de mi hija ligero y alumbrado. No quiero ser una caricatura que la adiestre con estrategias de “duck and cover” y prometerle que eso evitará el daño. Tampoco la quiero asustar o robarle esperanza. Procuro invertir el tiempo de manera sabia, pero no voy a mentir… casi todo lo he usado para pagar el rescate. Porque la extorsión no ha terminado, los secuestradores continúan elevando la apuesta y nuestra única moneda es el reloj. Entre todos hacemos depósitos diarios de insomnio puro, locura cronometrada, ciclos compulsivos, lapsos de telaraña, e incluso dejamos montículos de uñas mordidas como propina. Entre todos, vamos pagando el rescate con nuestro tiempo y nos quiebra saber que no alcanza. 

2o lugar en el concurso de cuento convocado por FLUIDO POETICO con "El último verano".


2o lugar en el concurso de cuento convocado por FLUIDO POETICO con "El último verano".

Reseña de "La Belleza de este día" en GRAMAJE CERO por Ariel Bermani

LA BELLEZA DE ESTE DÍA
Verónica Segura
HD Ediciones
2019

Gramaje Cero
Ariel Bermani

¿Qué lleva a una actriz mexicana (que está acostumbrada a los sets de grabación, a los estudios de televisión y a los teatros) a publicar un libro de poesía, en una editorial independiente, en la Argentina? O, para decirlo de una manera más concreta, ¿qué alternativa ofrece la poesía, ese oficio milenario e inútil, si la comparamos con otras variantes artísticas, mucho más populares e, incluso, redituables en lo económico? Creo que solo tengo preguntas, ninguna respuesta. Las respuestas, provisorias, habría que buscarlas en los libros. En este caso, en el primer libro de poesía de Verónica Segura, La belleza de este día.
Hay algo en la gratuidad de la poesía, en ese trabajo arcaico e invisible del poeta, que atenta contra la lógica del capitalismo. “Todo poema es hostil al capitalismo”, escribió Gelman y creo que algo de eso, de ese gesto político, hace que la poesía sobreviva todavía, a pesar de que tiene cada vez menos lectores, una gran masa de libros publicados bajo la lógica de la edición de autor y una distribución escasa. No son los libros de poesía los que se encuentran, rápidamente, en las librerías. Más bien hay que buscarlos con paciencia, con obstinación.
Así como el resto de los oficios y los trabajos en general se hacen a cambio de una retribución económica, la poesía se escribe por puro gusto, es un oficio innecesario, que se desarrolla al margen de la violencia de la vida cotidiana en las grandes ciudades (casi como una respuesta a esa violencia) y eso le da un carácter revolucionario. ¿Hacen falta poetas?
Cuando otras personas se preocupan por acumular riquezas o por cambiar el coche o, tan solo, por sobrevivir, desde la poesía se piensa en la música de los versos, en la cadencia, en el peso de los significantes, en la retórica de las imágenes.
La belleza de la poesía, (o también como dice Verónica: la belleza de este día) nos da otra oportunidad y tal vez no todo esté perdido. Abrir un libro de poemas nos acerca a la posibilidad de gozar con las palabras, de pensar, de sentir. Sentir es más importante que entender.
Escribe Verónica en su poema “Sigo caminando”: “Debo detenerme a llorar y / lloro por todas las veces que he fallado / lloro por las cosas terribles que podrían suceder / lloro por aquello que añoraré siempre / y he perdido / incluso lloro por lo que tengo y valoro tanto / luego lloro sólo por la inercia de estar llorando”. Alternando poemas más herméticos con otros más directos, sin entrar del todo en una poesía narrativa, con una subjetividad suspendida (no tan expuesta, al menos en primer plano), Verónica Segura se deja llevar por el lenguaje, en la búsqueda de hallazgos, con combinaciones poco habituales de palabras. Sin llegar a un lenguaje barroco, pero tampoco quedándose con un lenguaje llano, directo. Por más que de a ratos ceda a la tentación de la sentencia.
Escribe: “Si acaso puedes confiar en alguien / –y eso es contando con mucha suerte– / será en tu compañera de celda”. Hay un dolor anestesiado que recorre el libro, pero también hay una celebración y un gesto de esperanza no lineal, no ingenua. Confiar en tu compañera de celda es, en definitiva, poder confiar en alguien.
Un libro de poemas se puede recorrer en forma ordenada, página por página, verso por verso, o se puede alterar el orden sugerido y entrar y salir por los versos con impunidad. En general, prefiero esta segunda opción. Me encuentro, entonces, con versos así:
“Ya no pude recordar si fuiste gato / polen / o parte de la familia”.
“Cresta, eclipse, pendiente, abismo / bucle, pendiente, eclipse /, abismo, cresta”.
“Mi cabeza deletreando / lo que más detesto de mí”.
Ese recorrido lleva a observar variantes, inflexiones, líneas sinuosas que ayudan a multiplicar los sentidos y a convertir un libro en un artefacto con el que podemos sentir que la vida, que este día en la vida, puede ser un poco más bello. Esa sensación nos deja este libro. Y eso no es poco.





Un tano que se apellida “Russo”, expatriota yanqui, residente mexicano


Un tano que se apellida “Russo”, expatriota yanqui, residente mexicano
Verónica Segura

Conocimos al Tano por una de esas casualidades felices. Gonza y yo nos mudamos juntos al mes de conocernos a Tlalpan, una zona muy al sur de la Ciudad de México pero que tiene ese saborcito colonial y desolado que de día inspira una nostalgia amable y de noche, un cierto miedo a toparse con la pandilla del barrio. Dentro de todo, un lugar tranquilo. Al desempacar mis cosas, me dijo que quería llevarme a una pizzería que parecía hermosa y quedaba cerca pero no recordaba cómo llegar porque el negocio estaba muy escondido. Esa noche lo buscamos sin suerte. Pasaron dos años y decidimos casarnos. Una boda artesanal y cursi. Es decir, que buscábamos gastar lo menos posible pero con toda la parafernalia. Hasta ese momento mi personalidad había oscilado entre Libertad y Felipe. Pero ahí estábamos, Gonza y yo –convertida en Susanita­–, en un salón frío y caro, así que nos contentamos con pedir los datos del músico quien esa noche tocaba justamente el la recóndita pizzería. Quedamos maravillados con el lugar que resultó ser una exhacienda del siglo XIX donde vivió el primer presidente de la nueva República Mexicana, Don Guadalupe Victoria. Más que pizzería era un salón de eventos con un restaurante al lado. Nos atendió el mismísimo Tano, chef y dueño de “Las Campanas”. De lejos, una figura robusta, cana y medio pelada nos gritó,eh, qué diche–como nos saludaría siempre­–, mientras se acercaba a nosotros con ese andar paulatino y satisfecho. Después de hacernos descostillar de risa durante 15 minutos, se sentó a la mesa y reclinándose hacia atrás en la silla proyectó su rugido barítono hacia la cocina, eh, Ottavio, traiga pizza e pasta para la señore, e vino, traiga vino para la pareja di inamorato. De pronto se levantó como resorte y abrió los brazos, listo para recibir un milagro, eh, siñora Gartzía, qué diche, pase, pase.No contratamos al músico, pero nos casamos en la vieja capilla convertida en salón principal y varios años después, los tres nos hicimos socios con un Café Concert. El “Caffè dell’ Angelo” no fue a ninguna parte, Gonza y yo no teníamos formación gastronómica ni la menor idea de cómo llevar un negocio adelante y Las Campanas era principalmente un lugar de eventos, nuestra propuesta no tenía oportunidad. Pero el Tano nos tuvo paciencia. Quisimos pintar el saloncito, cambiar el menú y mandar a hacer tazas con un nuevo logo. A todo dijo que sí. Las reuniones de trabajo fueron más una sobremesa familiar donde compartimos nuestras glorias, penas, anhelos, chistes picantes e incluso el crecimiento de mi hija. Cuál ha sido tu momento más feliz, le pregunté en una ocasión que me propuse entrevistarlo hasta la médula porque quería hacer un documental de su vida. El Tano tuvo una niñez de hambre, posguerra y un padre ausente. A los 18 abandonó la costa amalfitana para probar suerte en Miami. “Tu vuo’ fa’ ll’americano” por necesidad, no por hacerse el napolitano. La estrategia fue enrolarse en el ejército yanqui para poder seguir con su profesión como residente del país. Trabajó mucho en cruceros, pero también en restaurantes prestigiosos donde atendió personalmente a Frank Sinatra y Marilyn Monroe. Il natzimento di mijo, espetó severo pero con el pecho inflado. Cuántas veces se quejó de que su hijo no lo visitaba nunca y rara vez lo llamaba por teléfono. Pero ese bebé, por ser varón y ser el primero, lo sacudió como nadie podría jamás. Ser testigo de su alumbramiento lo colmó de humildad y cinceló en detalle como hombre. ¿Y el más oscuro?, arriesgué.  Se miró la mano derecha. Le atravesaba una cicatriz gruesa entre el índice y el pulgar. Estaba cortando carne en una máquina defectuosa. Le salvaron los dedos y la movilidad de la mano por pura suerte. Pero pasaron meses en que no pudo ejercer y se fue a pique. Todo así no quiso demandar al distribuidor, hasta que este quiso cobrarle la reparación. Trescientos dólares por el cacho de carne atascado. Quería me suitzidare. Pagó los 300 dólares sin chistar con un apretón de mano izquierda. Tiempo después, el Tano le cobró un millón tras el juicio. Tuvimos que mudarnos de México y hacer de Argentina nuestro nuevo hogar. Nunca perdimos el contacto. Cuando cumplió 70 años, viajamos a Italia para celebrarlo. Conocimos a su hermana, la más viejita, a sus hijos, todos los nietos, el resto de la familia y la casa donde creció. Verlo con su mejor amigo Pepe me rompió un poco el corazón. Entendí la falta que le hacía tener a su “cuate”, a su “compa” del alma, quizás porque me pasa lo mismo. Y uno se pregunta cómo a sus 70 y tantos, con los suficientes fondos, un oriundo de Italia desaprovecha un paraíso como Sorrento, o Meta, o cualquier refugio del mundo para el caso. Pero el oxígeno del Tano es el arte culinario y en México están décadas de su obra y todos sus contactos. En un principio me sorprendió descubrir que su pesadilla fuera aquél accidente y no, por ejemplo, la vez que entraron a su casa a robar. Lo golpearon, amenazaron con armas y lo tuvieron atado durante horas. O la vez que se comprometió enamoradísimo con aquella arpía que terminó haciéndole juicio y destruyéndole el auto. O peor aún, la vez que finalmente compraron la exhacienda y tuvo que cerrar “Las Campanas” para volver a empezar de cero. Pero supongo que perder la herramienta principal de trabajo, ese que nos gusta hacer, o el que sentimos que es el único que sabemos hacer, en efecto debe ser la muerte. Quizás no tenga el mismo vigor que hace 15 años, pero por suerte sabemos dónde encontrarlo: una trattoria en la zona de Coyoacán. Y sabemos que estará de pie, haciendo reír a alguien mientras le grita ¡eh, qué diche!