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Zona cero

Siempre he dicho que fue gracias a la pereza, y sí, es cierto, pero la verdad tiene más capas: fue la fiesta que me salvó la vida. Habían sido un par de meses de descontrol, no sólo por la juerga, sino porque no había movido el cuerpo para nada, no en una forma atlética al menos. Así que dije basta, me doy pena. Decidí que al día siguiente saldría a las 8 en punto para correr hacia Battery Park y, después de rodearlo, subir las Torres Gemelas, las cuales aún no conocía. Calculaba que para las 9 h estaría en la cima, contemplando la maravillosa Manhattan que me albergó por unos meses para estudiar actuación. Llegada las 22 h abrí una cerveza, fielmente comprometida con mi propósito saludable y deportivo, total, una no es ninguna. El 11 de septiembre de 2001 sonó la alarma a las 7:30 h, la cual fue reventada de inmediato por mi resaca. Aproximadamente 90 minutos después me despertó el timbre del teléfono el cual traté de ignorar, pero no dejaba de insistir. Era mi padre. ¿Ya te enteraste? ¿De qué?, contesté ronca. Prende el televisor, me ordenó. Caray, qué terrible accidente, ¿cómo puede ser? Conversamos unos minutos hasta que juntos y por larga distancia miramos cómo se estrellaba el segundo avión. Era una película, una pesadilla, no estaba ocurriendo y por eso ninguno de los dos pronunció palabra. ¿Qué se puede decir en ese momento? Me hizo reflexionar qué distinto es enterarse de una tragedia una vez ocurrida, a ser testigo de una catástrofe mientras está ocurriendo. Ambas noticias causan terror, desconcierto y sentimientos de pérdida. Pero la desesperación y la impotencia que se siente al no poder intervenir para detener el evento, nos llena de culpa, quizás incluso de locura. Los días siguientes parecían la invasión extraterrestre. El puente de Brooklyn estaba colapsado mientras las calles de Manhattan estaban desiertas. En la calle, 1 de cada 3 personas vendía tapabocas para no respirar el asbesto que se había liberado. La policía tenía bloqueado el acceso de Union Square hacia el sur –el área donde yo residía. Salir a comprar comida y volver a entrar a mi zona era como convencer a la policía que no era una zombi. Fui a la plaza en las noches a poner velas para los muertos y abrazar a desconocidos y llorar a mares. Escribo esto más de una semana después de su vigésimo aniversario. Pensé excusarme con una frase jocosa, como que me quedé dormida, o a pesar de no estar de fiesta, la pereza sigue siendo un hábito. Pero no me causa gracia y tampoco es verdad. Sencillamente no había encontrado la fuerza para relatar esto. Últimamente todo me cuesta. ¿Será que me he convertido en una muerta viviente? Culparé a la menopausia que amenaza en llegar, pero se toma su tiempo. O a la pandemia, que ha causado estragos en la mayoría de nosotros. El caso es que no he logrado recuperar el vigor o las creencias que tenía cuando vivía en Nueva York. El atentado parece haber coincidido con un colapso de mis propios bastiones, y las crisis siguientes del siglo XXI han acompañado mis quebrantos internos. Aún así, confieso que hasta hoy no dejo de preguntarme con el peso confuso del que sobrevive, ¿por qué? ¿Fue realmente la fiesta, la fiaca, la falta de compromiso? Siempre me ha gustado dormir, es uno de mis pasatiempos favoritos. Pero también soy una persona extremadamente terca. Estaba decidida. Había determinado estar en la cima de las Torres Gemelas a la hora exacta del ataque. ¿Qué quimera milagrosa me detuvo? Estoy resuelta a no creer en esas cosas. Después miro a mi hija y es casi imposible no tener fe en la magia. Quizás sea eso lo que estoy gestando: mi zona cero, con mis fuentes hundidas para honrar y reconstruir.

Arrullo cervezas en el almacén

Verónica Segura
Estoy en la fila de “10 artículos o menos”. Tendría que ir más rápido que las otras, donde los carritos van repletos como para alimentar a un pelotón, pero no avanza. Llevo una bolsa de tela reciclable hasta el tope y un six-pack en el brazo derecho. La gente mira la pantalla de sus teléfonos mientras yo abrazo por completo el paquete de cervezas y me comienzo a mecer. No es algo que decido, simplemente estoy programada para estrechar el bulto, balancearme y tararear. Y eso no es todo: estoy programada para hacerlo con cualquier bulto, en cualquier lugar, a cualquier hora. Me di cuenta ahí mismo, ese día. No importa que haya pasado más de una década de mi embarazo. Parí, amamanté, pasé noches en vela calmando el llanto de un crío, sacudí con furia un carrito para que el bebé finalmente se durmiera. Sentí el pavor de la madre primeriza y de a poco se me fue quitando, y día a día acumulé nuevos miedos a los cuales también me sobrepuse. Aunque confieso que esto no fue lo único que se activó a partir de la maternidad. También se despertó mi niña interior con renovadas fuerzas. Necesité más que nunca el abrazo de mi madre, su protección, su consejo. Esos fantasmas infantiles que creí haber enterrado, salieron intactos de la tumba. Supongo que uno nunca deja de ser niño, solo hace falta el contexto adecuado para que su vulnerabilidad salga a flote. Pero niños somos todos y es algo que de alguna manera se puede madurar. Lo que quiero decir, es que con la llegada de mi hija se dio un desdoblamiento múltiple: al convertirme en su madre también me transformé en mi propia madre, y al necesitar más de mi madre, pude acercarme a ella de una forma maternal que me ayudó a comprenderla como nunca antes hubiera podido –con vista de pájaro– al integrar todas las piezas de ese ser humano que me gestó y me crió. Pareciera que hay una mutación que sucede cuando somos progenitores. Soy mujer y di a luz, por eso hablo desde mi experiencia, pero estoy segura que también le pasa a los hombres y a la gente que adopta: una vez “madre”, siempre una madre. No se puede evitar, si tengo un bulto el los brazos lo voy a contener, le voy a dar calor, y voy a hacer lo imposible para que las cervezas salgan del almacén dormidas, tranquilas y soñando bonito.

Batigato

Batigato

Verónica Segura

 

Ayer fue el día internacional del gato y por tal motivo me gustaría dedicarle unas líneas a mi compañero motorizado de lengua rasposa por llenar mis días de sabrosura con su andar arisco. Es difícil creer que tiene una personalidad tan definida dado que se la pasa tumbado todo el tiempo, pero ustedes mismos la descubrirán a través de este retrato escrito. A veces le hacemos un mimo y con ese tono ridículo con el que se le habla a las mascotas le preguntamos, y tú para qué sirves, Chamoy. Cuando se estira, es como si hiciera toda la secuencia del saludo al sol, incluyendo yoga de cara expandiendo la mandíbula en un bostezo frenético, luego da cinco vueltitas en su mismo eje, se detiene en seco, se lanza a un costado con un impulso franco que no coincide con su sopor, y ahí echado se ofrece unos segundos para quien quiera rascarle el pecho. Por último, se encapsula como bicho bolita escondiendo la cara entre sus patas, permaneciendo así un largo rato. Tiene un pelaje suave y esponjoso, podría decirse que blanco, pero cubierto con un traje marrón muy misterioso: media capa, cola pintada y antifaz. A pesar de que ronronea a la menor provocación, no es muy sociable. No es que se esconda, en todo caso prefiere observar. Está muy apegado al momento en que le sirvo la cena. No importa qué tan lleno siga su plato, recibir alimento es el ritual más importante del día. Me avisa que ya es hora mordiendo mi tobillo, si llega a pescar un cacho de pantalón, mejor, así puede jalarme hasta la cocina para hacerme saber qué es lo que quiere. Lo mismo hace cuando es hora de salir al balcón. Lejos de desgañitarse, me muerde y arrastra al problema para que lo resuelva. Yo lo dejo salir aunque llueva. Le gusta que el viento sople fuerte, quizás se sienta modelo de producto capilar. Ya llegó la hora Pantere, le decimos. El nos ignora. Parpadea rápido y enchina los ojos alzando su naricita una y otra vez. ¿Qué olerá? Después de mirar a los vecinos, cruza el departamento a la otra ventana, donde los pájaros han hecho su nido y se le desorbita la mirada fantaseando con su “delivery”. Adora estorbar. Es un obstaculizador profesional. En cuanto te ve venir, sobre todo si traes prisa, se lanza en medio del camino a ver si logra robar un mimo o hacerte tropezar, lo que venga primero. Claro que si tienes ganas de besuquearlo, él no quiere saber nada. Si tu intención es sentarte a la mesa, se apura a ocupar tu silla. Es muy territorial. Si viene un desconocido a arreglar algo, digamos el plomero o el electricista, por ejemplo, se tira al piso lo más ancho que le de el cuerpo en el lugar donde esté trabajando la persona, como para decir: solo quiero que sepas que esta es mi casa, y yo aquí soy el Rey, y te estoy observando, y por ahí hasta sé dónde vives. Parece mentira, pero siempre hace caca justo cuando nos ponemos a cocinar. Tal vez sepa lo mucho que le revienta a mi marido o sea una venganza por no dejarlo dormir en la cama. Yo me doy cuenta enseguida porque pone su hociquito como para decir “u”, y cuando el deshecho empieza a salir ahí es como que mandara besos, diciendo ua-ua-ua sin sonido. Cuando hace pis su postura es completamente distinta. Se pone cara contra la pared, orejas de avión y cadera abierta. Es obvio cuando va a vomitar, maúlla de una forma grave, muy afrancesado, y camina en reversa hasta regurgitar un taquito gris. Luego busca alguna cueva, puede ser su jaula o el cajón de mi marido, no sé por qué prefiere su olor si soy yo la que más lo consiente. Lo mismo hace cuando hay tormenta. En general es un gato tranquilo, pero hay cosas que no tolera. Por ejemplo que dejemos sonar la alarma en vez de despertarnos. Nos reclama muy molesto que la apaguemos ya mismo. Odia cuando viene el fumigador y le saco su arena y comida de la cocina. Quizás tenga alma de diseñador obsesivo y sus cosas deben ir donde deben ir. También detesta las puertas cerradas o que durmamos hasta muy tarde. Los fines de semana, cuando mi hija se encuartela y a nosotros nos dan las 11 de la mañana, Chamoy se pone ansioso y para desalentar nuestra conducta, vocaliza como Farinelli hasta que nos gana por cansancio. Puedo entenderlo. Es injusto que le cambien la rutina. A las 9:15 ya tendría que estar tomando la primera siesta con todas las persiana arriba mientras la familia convive en la misma habitación.









Carta abierta al mate



Carta abierta al mate
Verónica Segura

Yerba, querida. Hemos transitado un extenso camino que, por más desafiante, ha rendido frutos inesperados, y es por eso que hoy te escribo para decirte que estoy triste. No crecí contigo, no enredaste tus costumbres en mis entrañas. Es más –y no te lo tengo que confesar porque lo sabes bien– te detestaba cuando recién entraste en mi vida. El argentino que se me lanzó a los besos en el estacionamiento de una crepería sobre Avenida de la Paz, trajo consigo más encuentros ebrios de tango, mudanzas, cambio de estado civil y gravidez, pero también una insistencia biliosa dentro de un cuenco orgánico. Cuando aún vivíamos en México, te ignoré por completo y con desprecio. Entonces no lo sabía y no lo supe por mucho tiempo, hasta que nos fuimos a la Argentina. La primera pista fue que empecé a notar máquinas dispensadoras de agua caliente por todos lados. El pobre de mi marido –ahora lo entiendo– quería que te bebiera, no por el simple hecho de consumirte como quien busca dividir la culpa compartiendo un postre, sino por el divino ritual guaraní de libar colectivamente su infusión esmeralda y dejar que las historias o el silencio formen lazos. Finalmente, en uno de esos veranos invertidos (porque enero es para el frío) que pasamos fin de año en San Bernardo, resolví amigarme. Mi hija aún estaba en la edad en que las plazas y los árboles son fuente de gran emoción: un túnel, una cuerda, una rama, invita a explorar mundos fantásticos. Nos sentamos en un banquito para que jugara un rato antes de partir de vuelta a Buenos Aires. Mi marido estrenaba orgulloso su kit matero: el bolso con pava, mate, bombilla y compartimentos para yerba y azúcar. Él miraba a nuestra hija, yo te miraba a ti, como burbujeabas luego de cada sorbito, toda apretujada en una esferita de plástico. No sé si ganaste por cansancio, o me conmoviste, o habrá sido él, que te sostenía como si buscara proteger al Cono Sur, pero pensé que no podía estar tramitando la ciudadanía argentina y rechazarte al mismo tiempo. Debía, no sólo incorporarte como hábito, sino también aprender a amarte. Fui al quiosco más cercano y me abarroté de alfajores. Sólo blindada de azúcar podría hacer la primer muda de piel. Por cada traguito, cinco mordidas. La aproximación fue tensa, sin la diplomacia planeada. Ya en la ruta a casa hubo más cordialidad. (Gracias a ti pude justificar un consumo ilimitado de medialunas de Atalaya). Y a partir de entonces, como dos felinos huraños pero curiosos, fuimos cediendo en territorio. Al principio, un poco temerosa al desayuno. Luego a veces en situaciones sociales. La mayoría de la gente asumía por mi acento que no te tomaba, así que cuando alguien me pasaba la calabacita caliente, yo agradecía porque me sentía contenta que me incluyeran en la ronda. Y entonces ya no me pasaban más el mate y no entendía qué había hecho mal. Ahí descubrí, que como las estaciones climáticas en el lado austral del planeta, tu lenguaje también suele ser invertido. “Gracias” no significa reconocer la amabilidad del otro, e incluso incentivarla con este gesto de correspondencia. En una ronda de mate, el “gracias” se entiende como un rechazo, como un “no quiero más”. Caray, yerba, qué peculiar, quién se hubiera imaginado. Como mexicana me costó mucho incorporar en respuesta un “sí” llano, sin su clásico apéndice cultural con el que fui educada: “¡muchísimas gracias!”. (Prometo que jamás usaré ese anexo, porque entonces sí que no te vuelvo a ver en mi vida). Un día descubrí que el envoltorio que te empaquetaba tenía instrucciones para cebarte. Es decir, que había una técnica, un arte, se requería una habilidad para darte vida. Aprendí sobre tus intimidades selváticas, la temperatura precisa y velocidad con la que te gusta que el agua resbale por la bombilla en sutil cascada y no directo a las hojas, y menos que caiga como un chaparrón. Entendí que mi lento homenaje te sacaba una sonrisa en forma de espuma, como las olas mansas cuando se acercan a lamerte los pies mostrando su efervescencia curva por un instante antes de volver al mar. Esta destreza la usé a mi favor para luchar contra mi timidez. Todavía esperaba varias rondas en silencio hasta que el mate descansara deslavado en medio de la mesa, pero ahí lo tomaba para cebar uno nuevo y casi siempre alguno que otro se sorprendía.
                  Mira, yerba, no sé qué tanto sepas de mi pasado, pero de donde yo vengo –y no lo tomes a lo personal– ven esta costumbre de pasarse el mate como si uno compartiera la gaseosa con cualquiera, y que todos tomen de la misma pajita. Es algo impensado. Pero ahora sé que tu tradición es –salvando distancias– como llevar un cachorrito a la plaza cuando buscas compañía. Es una estrategia infalible, la gente se va a acercar con una sonrisa y de ahí nacerán inusitadas conversaciones. Contigo no hay tribus, fronteras, élites, contraseñas ni protocolo. No importa el estrato, el credo, el sexo, la edad. Puedes vestir de amargo, meloso, con menta, cascarita de naranja o ginebra, da igual: cuando estás tú no hay brecha, eres pura reciprocidad. Y eso es lo que me tiene tan triste. Uno trata de alentarse con frases hechas, ya pasará, no hay mal que dure 100 años, o que por bien no venga. Y ojalá así sea, y el mal no se cuente en años, porque a pesar de mantener la verde comunión con mi marido, no quiero imaginar una Argentina donde no seas tú la moderadora de charlas lúdicas, ensayos teatrales, presentaciones de libros, reuniones familiares, atardeceres en la playa, proyectos laborales y confesiones de amantes. Quizás suene orgiástico, mate, incluso herético, pero yo quiero compartirte en manada y no te quiero usar con barbijo.

Para los que estamos en la lona y queremos dormir bien



Para los que estamos en la lona y queremos dormir bien

Verónica Segura

 

Hace unas semanas, en pleno período de aislamiento por el coronavirus, circuló en redes sociales el video de un actor y empresario multimillonario celebrando su cumpleaños online. Sopló las velitas muy contento y sin el menor titubeo, compartió una lista de sus éxitos profesionales. Unos días después de pedir por delivery su torta de chocolate y armar su “Zoomple-fiesta”, su planta de empleados y sub-contratados se enteraban que no recibirían más sueldo ni aportes ni indemnización ni más comunicación que unas líneas por whatsapp explicando la “grave situación financiera” de la empresa. Cientos de familias, de por sí vulneradas por la pandemia, dejaron de recibir el sustento con el que contaban mientras él disfrutaba las sobras de su calórica torta y desarmaba su imperio “en secreto”. Lamentablemente, esta es una historia común que se repite como disco rayado. Pero mientras veía a este engendro de María Antonieta masticar su torta y hacer morisquetas, recordé una historia que ya no sé si la leí o me la contaron, pero me gusta recordarla en tiempos cuando resulta difícil conservar la esperanza. Había una vez una mujer que se casó y se fue a vivir a un país muy, muy lejano, donde hablaban de manera extraña. Luego de luchar por su matrimonio un buen rato, finalmente admitió que la relación naufragaba y decidió dejar a su marido. En este lugar remoto, ella no tenía familia y casi no trataba con nadie, así que como solución temporal, se fue a vivir con un amigo que recién había conocido. Una cosa llevó a la otra y se involucraron, pero el tipo no tardó en mostrar la hilacha y una noche se puso violento. La mujer fingió docilidad para no ponerse más en riesgo, pero el día siguiente lo dedicó entero a buscar un lugar cuya renta pudiera pagar con sus mínimos ahorros ya que en ese momento se encontraba desempleada. Finalmente encontró un huequito hecho a la medida de elfos e incluso un trabajo en una verdulería (el cual perdió muy pronto dado que no entendía los nombres de las frutas y el dueño no tuvo paciencia, pero esa es otra historia). A hurtadillas fue a buscar sus pertenencias sabiendo que el tipo no estaría en casa. Era todo lo que tenía, ese bolso de ropa. Y se dijo a sí misma, no me importa dormir en el piso. Al salir del departamento vio a un hombre cargando un colchón usado en la cabeza. No se pudo contener y le gritó, ¡Ey!, ¿a dónde llevas ese colchón? El hombre, descolocado, se detuvo en medio de la calle y contestó, ¡no sé!, estoy por mudarme a provincia y pensaba llevármelo, pero la verdad que me estorba. Véndemelo, –desafió la mujer– pero barato porque no tengo un peso. Y el hombre le propuso una cifra simbólica y la llevó a ella y a su nuevo-viejo colchón a la residencia de elfos recién rentada. 

                   Esta historia me significa mucho, porque resalta la situación de una persona que está lejos de sus afectos, sin donde caerse muerta, barajando duelos y agresiones. Pareciera que entre más precaria la situación, más difícil es encontrar refugio y personas en quién confiar. Siempre ha habido plaga, sobre todo de María Antonietas, y generalmente la fantasía de poder decapitarlas se queda en eso. Es algo que enfurece. Sin embargo, por trillado que suene, también pareciera que existe un algo, quizás un ángel que peca de esquivo pero que, cuando estamos en la lona, conspira para que no durmamos en el piso.

Rezarle a San Bert



Rezarle a San Bert
Verónica Segura

Este 2020 me recuerda a una noche que compartí con mi mejor amiga hace más de una década. Era su cumpleaños, lo celebraríamos en casa de un compañero de trabajo. Estábamos mentalizadas y emperifolladas para la mejor fiesta del siglo. Pasó por mí e hicimos una parada en el supermercado. En cuanto bajamos del auto sentí un apretón en el pecho para el que no hay analgésico porque es premonitorio. Compramos a lo bestia. Lo recuerdo como una postal en movimiento: empujábamos el carrito por el estacionamiento, el viento sopló fuerte con un eco estereofónico y burlón que provenía de un grupo de hombres. Apuramos el paso.
                  Nuestro compañero y dueño de la casa estaba a tan solo unas cuadras, atorado en el tráfico. No sabíamos dónde esperar. Buscamos refugio en el auto porque no queríamos estar solas en la calle y no queríamos manejar a ninguna parte a la hora pico; bajamos las ventanillas porque nos pusimos a fumar. Pero cualquier chilango sabe que eso es lo último que debe hacer. Mientras mi amiga me contaba algo con mucho entusiasmo, yo buscaba el momento adecuado para advertirle del tipo sospechoso que dobló la esquina y sugerirle que arrancara el auto. De inmediato ya estaba él y otro –salido de la coladera– apuntándonos en la cabeza con un arma. Pásense para atrás, rápido. Intenté deslizarme para afuera –quédense con todo–, le ofrecí mi bolso sin mirar. No, no, no, pásate para atrás. ¡Cierren los ojos! El copiloto revisaba, pistola mediante, que respetáramos sus órdenes. Yo era una sedita. Tan aguerrida para el cotidiano y heme ahí, en total sumisión. Mi amiga en cambio, siempre la conciliadora, despotricaba como madre enfurecida. Les decía lo equivocados que estaban, que se la agarraran con otro, que qué manga de maleducados. Yo trataba de calmarla pensando en cualquier momento nos muelen a golpes. Mentimos sobre nuestros nombres. Nos arrebataron los bolsos, buscaron las identificaciones. Ahí nos cayó bien la ficha. Nos tenían secuestradas, con llaves, dirección, teléfono, tarjetas de crédito, con nuestra vida. Les revelé mi escondite secreto, tenía cosido un compartimento en el fondo del bolso para los billetes grandes. Tal vez mi altruismo merecería su indulgencia. Tal vez nos torturarían durante semanas hasta conseguir el rescate para luego esparcir nuestros cuerpos desmembrados en algún barranco. Sentí alivio de no tener hijos y mucha pena por mis padres cuando recibieran la noticia. Fue en el cruce del periférico al viaducto que la alquimia sucedió: años de crudo ateísmo transmutaron en devoción. Recé y recé para espantar las imágenes que me invadían. Fue algo sobrenatural más allá de mi religiosidad temporal renovada. Sentí una luz potente que nos encubrió a todos, rufianes incluidos, como si el auto estuviese suspendido en un globo luminoso fuera del tiempo. Esta esfera, colmada de una paz infinita, me hizo comprender algo sobre el perdón. De alguna manera supe sin lugar a dudas, que saldríamos ilesas… hasta que el copiloto arremetió, qué guapas, tienen novio, se nota que son niñas bien. Aterrizaje forzoso. Otra vez la incertidumbre, el descenso al infierno. En algún lugar había leído sobre esta estrategia, así que pujé y pujé hasta expulsar un mal olor. Pedí disculpas, dije que por los nervios me había hecho encima. Imposible tener una erección en ese contexto. Sirvió como distractor, pero el tufo desvanecía. Debía esforzarme y seguir pujando para sostener la mentira. ¿Ustedes han estado en esta situación, los han secuestrado?, arriesgué. Por un momento pensé que su respuesta sería un balazo, pero dijeron que no. Mi amiga preguntó si tenían hermanas, mujer, hijas, madre. Llevábamos 45 minutos de viaje cuando entró una llamada. Quizás era el jefe, quedó claro que nos escoltaban. Le preguntaron a mi amiga su clave, yo no tenía tarjetas. Loca de angustia, suplicaba que no la sabía, era una tarjeta nueva y aún no había cambiado la contraseña que le asignaron. Imaginé que nos llevarían hasta su casa a buscar la maldita información, pero en vez de eso lanzaron la tarjeta a la calle y el vehículo de atrás la tomó del suelo. Asumo que habrán intentado varios cajeros sin suerte porque a partir de entonces comenzamos a dar vueltas en el carrusel más nauseabundo de la historia. Empecé a contar, izquierda, izquierda, derecha, izquierda, etcétera, hasta percibir que habíamos llegado nuevamente a la avenida, y ahí retomaba la cuenta. De pronto, frenaron. Nos pidieron que bajáramos del auto. Caminen lento y sin voltear atrás. Yo me deshacía en agradecimientos, pero mi amiga estaba mal. Traté de tranquilizarla mientras se ahogaba diciendo, nos van a matar, nos van a matar. Doblamos la esquina, y miré discretamente. No estaban. Tocamos la ventanilla de una casa, pedimos usar el teléfono explicando que nos habían asaltado. Váyanse a la chingada, dijeron. Al llegar a la avenida supe que debíamos cruzar el puente e ir en dirección opuesta. Habíamos pasado de la boca del lobo a la jungla. Con poca oferta de taxis paramos el primero que se acercó, lo cual es pedir a gritos otro secuestro, pero el chofer se portó como un caballero. Nadie en la fiesta creyó nuestra razón para llegar tan tarde. Me quebré por completo cuando en la cocina, se acercó un imbécil a decirme que lo supere rapidito, a quién no lo han secuestrado o apuntado con un arma, a él lo amarraron y le clavaron el destornillador en la pantorrilla durante 5 horas. Mi amiga me abrazó y me alejó de ahí ofreciéndome una cerveza. Después, ya más calmadas, brindamos por estar vivas, felices de que no nos hayan golpeado ni violado. Incluso mi amiga se burló de cómo les ofrecí hasta los billetes del subte como si fuera la gran riqueza y nos reímos bastante. Entonces varios compartieron sus propias experiencias disparatadas de atraco y la noche mutó de festejo, a rapto, a terapia de grupo. Al día siguiente llamé a un amigo de mis padres –ellos estaban fuera del país– y le describí lo mejor posible cómo llegamos al lugar de los hechos. Nos llevó justo a donde fuimos a parar. Es fascinante ver al demonio vulgarizado por la luz del día. Debió haber servido como tratamiento, pero la taquicardia pudo más. Entendí que seguía secuestrada. 
Es verdad, hoy no temo que mi cuerpo vaya a ser descuartizado en la siguiente media hora y eso es ganancia. Pero el mundo es ese auto sometido lleno de pasajeros emperifollados orbitando alrededor de un duelo inagotable. Y cada uno está agradecido por distintas razones. Algunos porque les bajaron el sueldo pero conservaron el empleo, otros por perderlo todo menos la casa donde estar encerrados, y varios suertudos porque sobrevivieron gracias a que no los discriminaron con el respirador. La enorme diferencia entre este secuestro pandémico y el exprés que sufrí por hombres armados, es que hoy soy madre, y a pesar de que he sabido cómo aparentar ecuanimidad y confianza, no sé cómo hacer para creérmela. Supongo que, entre otras cosas, estoy agradecida por la pésima escolaridad virtual en curso ya que quizás, este confinamiento podría servirle a mi hija como un sustancioso laboratorio en Antropología y Economía Doméstica. Pero a veces me siento como la tortuga Bert, que instaba a los norteamericanos a “duck and cover” –agacharse y cubrirse– en caso de un ataque nuclear en las propagandas durante la guerra fría de los años cincuenta. He usado casi todas mis reservas de helio y ya no sé qué más esferas inventar para mantener el camino de mi hija ligero y alumbrado. No quiero ser una caricatura que la adiestre con estrategias de “duck and cover” y prometerle que eso evitará el daño. Tampoco la quiero asustar o robarle esperanza. Procuro invertir el tiempo de manera sabia, pero no voy a mentir… casi todo lo he usado para pagar el rescate. Porque la extorsión no ha terminado, los secuestradores continúan elevando la apuesta y nuestra única moneda es el reloj. Entre todos hacemos depósitos diarios de insomnio puro, locura cronometrada, ciclos compulsivos, lapsos de telaraña, e incluso dejamos montículos de uñas mordidas como propina. Entre todos, vamos pagando el rescate con nuestro tiempo y nos quiebra saber que no alcanza. 

2o lugar en el concurso de cuento convocado por FLUIDO POETICO con "El último verano".


2o lugar en el concurso de cuento convocado por FLUIDO POETICO con "El último verano".