Dejame de romper las pelotas


Dejame de romper las pelotas
Verónica Segura


Si bien la tecnología nos ha ofrecido maravillas como telescopios, cirugía láser y energía eólica, también ha logrado invadirnos con mensajitos incesantes que logran alcanzarnos aunque apaguemos el celular. Los que más odio son aquellos que nos “advierten” de la última jugarreta en boga de los rufianes. Que si vienen trajeados y elegantes, que si piden limosna en silla de ruedas, que si te ofrecen un papel infestado de algo que paraliza el cuerpo, que si requieren ayuda con el teléfono público (cuando existían)… historias, que si pasaron, para cuando llegan al “chat” se han distorsionado tanto que uno se pregunta “¿y por qué no simplemente te asaltaron desde el principio?” Por lo general suena a un relato hollywoodense. ¿Por qué los agresores complican tanto la trama? Tal vez porque sin enredos no hay trama y sin miedo no hay enemigo, y a todos nos gusta ir al cine. Desde luego que no vivo en un jardín de rosas. Ya se que el mundo es peligroso. Peligrosísimo. Horrendamente amenazador. Pero no necesito escuchar la última tragedia del día para ser cautelosa. No hablo con desconocidos, no tomo volantes publicitarios, no visto ostentosamente, no voy por la calle papando moscas y en pocas palabras no confío en absolutamente nadie. No soy huraña… soy lo que le sigue. Me cuido, algunos dirían que exagero. Así que no quiero escuchar más que buenas noticias porque me confieso vulnerable y de fácil contagio a la angustia y paranoia, y la paso muy mal sin siquiera haber sido delinquida. Una cosa es alertar y otra alarmar. Y nadie lo puede expresar mejor que el buen Ferra: Dejame. De romper. Las pelotas. 

Occupet Extremum Scabies


Occupet Extremum Scabies
Verónica Segura

Pocas cosas cambian en la vida. Da la casualidad que los niños de la antigua Roma también competían por llegar primero y condenaban de antemano al que fuera último: occupet extremum scabies (el último se contagiará de sarna). Cuando era niña, supongo que en México se seguirá usando, gritábamos al correr “¡El último vieja!”, sin considerar por un segundo el significado atroz de la frase. Según entiendo, la sentencia de los pequeños norteamericanos es la de convertirse en huevo podrido, y la de los argentinos, en cola de perro… expresión que hace más sentido pues es la parte posterior y hedionda, por ejemplo, de un galgo que ha corrido con vigor tras otra cola, digamos de una liebre. Y francamente, si ser el último es tan aberrante, ¿no sería más atinado decir “el último…¡último!”? El punto es que hay que ser viril y hay que llegar primero.
     Los niños siempre tienen prisa, hasta cuando están cansados, van corriendo a la cama porque se caen de sueño y les urge dormir. Esta obsesión infantil de ser el primero me evoca la imagen de múltiples cachorritos mamando la barriga de una perra exhausta. Siempre hay uno que se queda fuera, escalando con desesperación por encima de sus hermanitos sin conseguir teta alguna. Jugar en la plaza a ser el más veloz: ¿Será esa su preocupación, su primera lucha de supervivencia, su forma de evadir la muerte?

Hace varios años tuve la suerte de vivir como estudiante en Nueva York, a una cuadra de Washington Square. Me la tomé tranquila. Tan tranquila que dejé de correr. No hice más ejercicio. Hasta que la noche del 10 de Septiembre de 2001 me lo reproché y decidí vencer la fiaca. Mi plan era salir al día siguiente a las ocho de la mañana hasta Battery Park para entrar a las Torres Gemelas más o menos a las nueve menos cuarto, subir, apreciar la ciudad desde las alturas y volver a casa a las diez. Debí de haber lanzado el despertador contra la pared en un acto de sonambulismo, porque lo que me despertó fue el constante repiqueteo del teléfono. Eran poco más de las nueve. Llamaba mi papá apurándome a que prendiera la televisión. El segundo avionazo lo vimos por las noticias y el departamento olía a asbesto quemado. El resto es historia.
     Yo sé que el tema de las Torres Gemelas es muy sensible, y tampoco abogo porque la gente no se ejercite o se vuelva conformista. Quizás incluso, esta columna sea sólo un pretexto para poder contar cómo el sueño, porque han de saber que adoro dormir, me salvó la vida, o de un severo trauma, o de exponer a mis pulmones a la contaminación.

Dicen que de joven uno quiere ser presidente, luego cuando madura empieza a dudarlo. Ya cuando se conoce más de la vida se da cuenta que no le gustaría ser presidente, ni siquiera teniendo la oportunidad.
     Llegar primero, llegar segundo, llegar al último, llegar después, no llegar en lo absoluto o simplemente estar sin “llegar”, fungiendo de espectador, colmándose de lo que uno atestigua. ¿O no es más libre el que menos necesita? Dicen también, que sarna con gusto no pica.

Por la ventana del auto


Por la ventana del auto
Verónica Segura

Quisiera ser como esos perros
que asoman la cabeza por la ventana del auto
y sortean el viento con sus párpados
batalla alegre,  intermitente y veloz

Quisiera una lengua acartonada que sonríe papalote
con el aspavientos de la ruta vacía
y descender con mi hocico paracaídas
a una siesta arrullada por el motor

Quisiera, una vez alcanzado el destino,
ladrar una pirueta,
morder mi propia correa
y sacarme a pasear a mi mismo

Ah, sí señor...
como esos perros

quisiera ser yo