Carta abierta al mate



Carta abierta al mate
Verónica Segura

Yerba, querida. Hemos transitado un extenso camino que, por más desafiante, ha rendido frutos inesperados, y es por eso que hoy te escribo para decirte que estoy triste. No crecí contigo, no enredaste tus costumbres en mis entrañas. Es más –y no te lo tengo que confesar porque lo sabes bien– te detestaba cuando recién entraste en mi vida. El argentino que se me lanzó a los besos en el estacionamiento de una crepería sobre Avenida de la Paz, trajo consigo más encuentros ebrios de tango, mudanzas, cambio de estado civil y gravidez, pero también una insistencia biliosa dentro de un cuenco orgánico. Cuando aún vivíamos en México, te ignoré por completo y con desprecio. Entonces no lo sabía y no lo supe por mucho tiempo, hasta que nos fuimos a la Argentina. La primera pista fue que empecé a notar máquinas dispensadoras de agua caliente por todos lados. El pobre de mi marido –ahora lo entiendo– quería que te bebiera, no por el simple hecho de consumirte como quien busca dividir la culpa compartiendo un postre, sino por el divino ritual guaraní de libar colectivamente su infusión esmeralda y dejar que las historias o el silencio formen lazos. Finalmente, en uno de esos veranos invertidos (porque enero es para el frío) que pasamos fin de año en San Bernardo, resolví amigarme. Mi hija aún estaba en la edad en que las plazas y los árboles son fuente de gran emoción: un túnel, una cuerda, una rama, invita a explorar mundos fantásticos. Nos sentamos en un banquito para que jugara un rato antes de partir de vuelta a Buenos Aires. Mi marido estrenaba orgulloso su kit matero: el bolso con pava, mate, bombilla y compartimentos para yerba y azúcar. Él miraba a nuestra hija, yo te miraba a ti, como burbujeabas luego de cada sorbito, toda apretujada en una esferita de plástico. No sé si ganaste por cansancio, o me conmoviste, o habrá sido él, que te sostenía como si buscara proteger al Cono Sur, pero pensé que no podía estar tramitando la ciudadanía argentina y rechazarte al mismo tiempo. Debía, no sólo incorporarte como hábito, sino también aprender a amarte. Fui al quiosco más cercano y me abarroté de alfajores. Sólo blindada de azúcar podría hacer la primer muda de piel. Por cada traguito, cinco mordidas. La aproximación fue tensa, sin la diplomacia planeada. Ya en la ruta a casa hubo más cordialidad. (Gracias a ti pude justificar un consumo ilimitado de medialunas de Atalaya). Y a partir de entonces, como dos felinos huraños pero curiosos, fuimos cediendo en territorio. Al principio, un poco temerosa al desayuno. Luego a veces en situaciones sociales. La mayoría de la gente asumía por mi acento que no te tomaba, así que cuando alguien me pasaba la calabacita caliente, yo agradecía porque me sentía contenta que me incluyeran en la ronda. Y entonces ya no me pasaban más el mate y no entendía qué había hecho mal. Ahí descubrí, que como las estaciones climáticas en el lado austral del planeta, tu lenguaje también suele ser invertido. “Gracias” no significa reconocer la amabilidad del otro, e incluso incentivarla con este gesto de correspondencia. En una ronda de mate, el “gracias” se entiende como un rechazo, como un “no quiero más”. Caray, yerba, qué peculiar, quién se hubiera imaginado. Como mexicana me costó mucho incorporar en respuesta un “sí” llano, sin su clásico apéndice cultural con el que fui educada: “¡muchísimas gracias!”. (Prometo que jamás usaré ese anexo, porque entonces sí que no te vuelvo a ver en mi vida). Un día descubrí que el envoltorio que te empaquetaba tenía instrucciones para cebarte. Es decir, que había una técnica, un arte, se requería una habilidad para darte vida. Aprendí sobre tus intimidades selváticas, la temperatura precisa y velocidad con la que te gusta que el agua resbale por la bombilla en sutil cascada y no directo a las hojas, y menos que caiga como un chaparrón. Entendí que mi lento homenaje te sacaba una sonrisa en forma de espuma, como las olas mansas cuando se acercan a lamerte los pies mostrando su efervescencia curva por un instante antes de volver al mar. Esta destreza la usé a mi favor para luchar contra mi timidez. Todavía esperaba varias rondas en silencio hasta que el mate descansara deslavado en medio de la mesa, pero ahí lo tomaba para cebar uno nuevo y casi siempre alguno que otro se sorprendía.
                  Mira, yerba, no sé qué tanto sepas de mi pasado, pero de donde yo vengo –y no lo tomes a lo personal– ven esta costumbre de pasarse el mate como si uno compartiera la gaseosa con cualquiera, y que todos tomen de la misma pajita. Es algo impensado. Pero ahora sé que tu tradición es –salvando distancias– como llevar un cachorrito a la plaza cuando buscas compañía. Es una estrategia infalible, la gente se va a acercar con una sonrisa y de ahí nacerán inusitadas conversaciones. Contigo no hay tribus, fronteras, élites, contraseñas ni protocolo. No importa el estrato, el credo, el sexo, la edad. Puedes vestir de amargo, meloso, con menta, cascarita de naranja o ginebra, da igual: cuando estás tú no hay brecha, eres pura reciprocidad. Y eso es lo que me tiene tan triste. Uno trata de alentarse con frases hechas, ya pasará, no hay mal que dure 100 años, o que por bien no venga. Y ojalá así sea, y el mal no se cuente en años, porque a pesar de mantener la verde comunión con mi marido, no quiero imaginar una Argentina donde no seas tú la moderadora de charlas lúdicas, ensayos teatrales, presentaciones de libros, reuniones familiares, atardeceres en la playa, proyectos laborales y confesiones de amantes. Quizás suene orgiástico, mate, incluso herético, pero yo quiero compartirte en manada y no te quiero usar con barbijo.